En los últimos años, la informática se ha impuesto ampliamente en nuestra vida cotidiana sobre los trámites humanos individuales, tanto en el ámbito social (cierre de oficinas de correos, imposibilidad de ser atendido en persona en Hacienda o en la Seguridad Social, sustituidas por internet...) como en el de la salud.

En lo que respecta a la salud, estamos lejos de ver una inteligencia artificial capaz de sustituir al médico. Puede serle útil, ciertamente, pero hoy por hoy no es capaz de reemplazar el contacto humano ni el conocimiento de nuestros pacientes, tanto a lo largo del tiempo como en la complejidad de su vida (incluida la social o afectiva).

Argumentos financieros de productividad, de eficacia, de rapidez y de ahorro de personal empujan inexorablemente a suprimir el contacto personal y humano, pidiendo a la IA que ocupe su lugar y que lo haga todo en su lugar.

Y, sin embargo, varias cosas van en contra de ello:

  • el envejecimiento de la población, a la que no le resulta fácil el manejo de la informática;
  • la acumulación en nuestros pacientes, con el paso de los años, de patologías diversas que complican los historiales y, por tanto, la toma de decisiones, ya que la población vive cada vez más tiempo;
  • en oncología, las opciones terapéuticas, cada vez más numerosas y complejas, no pueden ser gestionadas únicamente por la inteligencia artificial. Por supuesto, es útil para servirnos de memoria ante la abundancia de datos científicos, pero no puede elegir por el paciente sin dialogar con él ni sin que este pueda expresar sus prioridades y sus valores, es decir, en el marco de una decisión compartida tomada en consulta.

En la práctica:

  • hay que revalorizar el contacto humano en la sociedad en general, pero especialmente en medicina;
  • hay que revalorizar la competencia de los médicos, indispensable para tomar una buena decisión para un enfermo;
  • hay que revalorizar el tiempo que debemos dedicar a cada uno, en lugar de descargarnos en una máquina que «hará el trabajo por nosotros».

No olvidemos, por otra parte, los múltiples escándalos actuales, que demuestran que todos estos datos no están en absoluto protegidos: los últimos escándalos de pirateo informático del Ministerio de Finanzas o del servicio de correos, de numerosos hospitales, etc., son ejemplos que no dejan de multiplicarse.

Nunca dejaremos de abogar por una medicina más humana, basada en el contacto humano individual, en tomarse el tiempo necesario y en el seguimiento de un paciente a lo largo de varios años.

La inteligencia artificial, en un sistema así, solo puede ser una herramienta que está ahí para ayudar al médico, pero no debe considerarse un peligro que vaya a sustituirlo.

No es lo que desean los pacientes.

La IA va a ocupar en nuestra sociedad el lugar de quienes ejercen una actividad que no aporta valor añadido (y a dejarlos en el paro); cuanto más competentes seamos, más difícil será que la máquina nos sustituya. Así pues, que los médicos se lo repitan:

SEAMOS COMPETENTES,
HAGAMOS UNA MEDICINA DE CALIDAD,
DEMOS TIEMPO A NUESTROS PACIENTES.

En caso contrario, la IA irá ocupando progresivamente nuestro lugar.

No hay que inquietarse ni tener miedo; al contrario, hay que extraer las lecciones y anticiparse.

Por supuesto, hay que matizar esta conclusión optimista aprendiendo la lección del pasado reciente: internet apenas tiene unos cincuenta años y no controlamos en absoluto a uno de sus hijos, las redes sociales, con todas las consecuencias que se les reprochan sobre los jóvenes. Esperar que seremos lo bastante «inteligentes» para controlar la IA, ¿no es acaso negarse a aprender esa lección? Y, como todo se acelera, ¿no corremos el riesgo de ver muy pronto las consecuencias del desarrollo de la IA?

El futuro lo dirá; de todos modos, la caja de Pandora ya está abierta...

Profesor Jean Michel Vannetzel — septiembre de 2026